1. Cassette Kids - Spin
2. Delorentos - Did we ever really try?
3. Human Life - Wherever we are
4. Chromeo - Night by night
5. The Flaws - You and I
jueves 9 de febrero de 2012
viernes 27 de enero de 2012
Sobre el cierre de Megaupload
Foto con licencia C.C. por Ricard Cuplés
Antes de escribir artículos de opinión me gusta recopilar hechos, empaparme de las opiniones de los demás y ver diferentes puntos de vista; ni vivo de esto, ni me sobra el tiempo, exponer lo que pasa por mi mente es una simple afición por lo que prefiero dejar enfriar las cosas y digerirlas tranquilamente antes de decir lo que pienso, así que tras esta justificación por el retraso ahí va mi disertación sobre el "caso Megaupload":
Marco legal y “moral”.
Si las acusaciones sobre Kim Dotcom Schmitz y su equipo son ciertas me parecerá absolutamente normal que acabe con sus huesos en la carcel, pero no hemos de pasar por
alto que habrá sido juzgado y encarcelado por unas leyes del
copyright que no están adaptadas a la realidad digital.
Hay quien pone en tela de juicio la moralidad de
lo que ha venido haciendo el dueño de Megaupload todo este tiempo
aludiendo a que se estaba lucrando con el trabajo de los demás. Sin
embargo esta “moralidad” viene condicionada por el marco legal,
la única diferencia es el contrato que hay de por medio; no es una
diferencia pequeña con la ley en la mano, sin embargo son la rigidez del
copyright y la escasa oferta las que no dejan más alternativas; no podemos
ignorar que MU no estaba perjudicando tanto a los artistas como a los
agentes, es la supervivencia de esos terceros la que peligra con el
intercambio de archivos; sin querer subestimar el protagonismo de
éstos, centrar el argumento únicamente en los autores me resulta,
cuanto menos, simplista.
Del mismo modo que hay una gran
diferencia entre haber o no un contrato asfixiante de por
medio; también hay una gran diferencia entre lo que es legal y lo
que es justo, y en mi opinión privarle a la sociedad de una
herramienta lícita sólo para favorecer a una industria que se muere
está muy lejos de ser justo.
Megaupload ha estado operando al borde
de la legalidad en un mundo con unas leyes al borde del surrealismo,
como hizo la mismísima HOLLYWOOD en su gestación cuando no
quería pagarle a Thomas Edison por sus patentes. Ambas tienen en
común que, a base de saltarse las normas del juego, han acercado la
cultura al pueblo en perjuicio de una pequeña élite, con la
excepción de que a una de ellas se le ha dado el poder suficiente
como para intentar parar el curso natural de las cosas.
Inseguridad jurídica.
A la espera de una sentencia el caso
Megaupload deja en el limbo a ciertas empresas online que siguen en
funcionamiento y desincentiva la creación de otras nuevas por miedo
a que se las pueda relacionar con infracciones del copyright. A lo
mejor todo vuelve a su cauce, pero de un modo u otro se ha sentado un
precedente muy peligroso y si finalmente se condena a Kim dudo que la
situación no vaya a peor en la red ya que otros sites como
Rapidshare, Mediafire o incluso Dropbox podrían ser los siguientes,
de hecho algunos ya están en el punto de mira de las autoridades
estadounidenses.
Los cyberlockers son un
instrumento perfectamente legal para el almacenaje y gestión de
archivos en la nube, que “algunos usuarios” los usen para
compartir archivos protegidos no la convierte en ilegal y, por lo
tanto, tampoco convierte en delincuente a quien la creo. Es como si
(y aquí viene el argumento populista) parasen de repente la venta de
cuchillos y empapelaran a sus fabricantes sólo porque “hay algunas
personas” que los usan para matar, si eso ocurriera pondría contra
las cuerdas a todos los fabricantes de utensilios potencialmente
peligrosos.
Cuando una persona usa una herramienta
para "el mal" siempre se persigue al individuo, ni a la herramienta, ni
mucho menos al que la fabricó; pero como en Internet resulta
imposible (por el volumen y por el derecho a la intimidad) ir a por
todas y cada una de las personas que usan este
tipo de páginas (50 millones diarios sólo en Megaupload) han
decidido mutilar sus derechos e ir directamente a por el facilitador.
Teniendo en cuenta que Megaupload no era un utensilio usado para
matar ni robar, sino para almacenar y copiar archivos a través
de una vía globalmente aceptada, la situación resulta poco menos
que absurda.
Si miles de millones de personas son
consideradas criminales por participar en un intercambio que aceptan
como algo natural, es evidente que hay algo en el sistema que no está
funcionando como es debido.
Los beneficios de la empresa de Dotcom,
así como las inverosímiles cifras “de perjuicios económicos”
que dice el auto de la detención que MU ha causado a la industria,
hacen que broten a la vez una pregunta sin respuesta y una respuesta
que las major se niegan a oír.
La pregunta es, si tantas ganancias
reportan este tipo de negocios online ¿Por qué la industria no ha
montado el suyo?
La respuesta contesta por sí sola
todos aquellos que ven a los ciudadanos como tacaños malhechores, el
simple hecho de que los usuarios pagasen por los servicios Premium
de estas plataformas pone de manifiesto que los consumidores pagan por lo que consideran que vale la pena. Esto, que
resulta evidente para cualquiera con dos dedos de frente y un poco de
visión comercial, no resulta tan evidente para las multinacionales.
El blackout que enfrió la
SOPA.
Aunque algunas personalidades de la red
consideran que es “pura casualidad” el hecho de que Kimble fuera
detenido el día después de que la presión social provocara
que 23 senadores retiraran su apoyo de la polémica ley, yo
soy más de la opinión de que nada que tenga que ver con dinero y
poder es fortuito.
Una operación así no se hace de la
noche a la mañana, eso es evidente, llevaban tiempo siguiendo los
movimientos del dueño del “imperio Mega”, por ello considero que
pensar que un hecho no tiene nada que ver con el otro es ingenuo, la
industria audiovisual necesitaba una cabeza de turco y contaban con
un “as en la manga”, la reacción ante la SOPA
fue un resorte y saltó en el momento justo. Sí, son divagaciones,
jugar al “y si”, pero, como he dicho, no creo en las casualidades
cuando hay tantísimo en juego.
En otro orden de cosas, la operación
del FBI deja en evidencia la obsesión por crear normas aún más
severas como la SOPA, la Protect-IP o el ACTA ¿Para qué es
necesario proponer este tipo de leyes si las actuales ya permiten
actuaciones como esta?
Megabox.
Mega
amenazaba con convertirse en una alternativa viable para competir con
las discográficas gracias a Megabox, un servicio de descargas
musicales que, en principio, obtendría sus ingresos de publicidad y
servicios de pago y remuneraría a los artistas con el 90% en función de
cuántas veces hubiera sido descargada su obra. Si esto recrudeció
las presiones de los lobbies para acelerar la actuación contra Kim
es algo que no sabremos nunca y no merece la pena divagar sobre ello,
lo que está claro es que este imperio no sólo incomodaba por las descargas.
Aunque por sí sólo esto no haga “tambalear los cimientos de la industria”, el mero planteamiento de un modelo así ya debería empezar a despertar conciencias.
Aunque por sí sólo esto no haga “tambalear los cimientos de la industria”, el mero planteamiento de un modelo así ya debería empezar a despertar conciencias.
El personaje.
Kim Schmitz no era
un santo varón precisamente, al menos no lo fue antes de montar sus
webs. Su biografía no deja lugar a dudas sobre ello, fue condenado
por abuso de información y malversación en 2002 y 2003
respectivamente y ya pagó por aquellos pecados. La discusión que se
plantea no debería tener nada que ver con el personaje, es mucho más
importante que todo eso; sin embargo, desde los medios, se nos ha
presentado a Kimble como un “villano de película”, se ha usado
su estilo de vida para menoscabar la trascendencia de la cuestión;
plantearse si lo que hacía era bueno, malo o cuestionable y las
consecuencias que pueda acarrear este caso para el futuro de Internet
no son cosas relevantes, lo relevante es que “era gordo y vivía a
todo tren”.
Si se hubiera tratado de alguien más “campechano” habría otras cuestiones, las verdaderamente importantes, sobre la mesa, pero su turbio pasado y su excentricidad lo han convertido en carnaza para el sensacionalismo.
No digo que sea culpable o inocente, eso lo decidirá un juez, ni mucho menos trato de salvar su reputación, sólo digo que la relevancia de lo ocurrido va más allá de las extravagancias de un hombre.
No digo que sea culpable o inocente, eso lo decidirá un juez, ni mucho menos trato de salvar su reputación, sólo digo que la relevancia de lo ocurrido va más allá de las extravagancias de un hombre.
Etiquetas:
opinión,
propiedad intelectual
martes 24 de enero de 2012
Libre no significa gratuito
“No
entiendo a la gente que se queja de que un libro vale 20€ pero
luego se gasta 12 en un cubata.”
¿Cuántas
veces habré oído este argumento para intentar justificar el precio
desorbitado de los bienes culturales?
Cada
vez que leo o escucho a alguien usar este símil lo primero que
pienso es qué concepto tan bajo tiene esa persona de la cultura si
la compara con una copa; quiero pensar que quien argumenta así lo
hace por inercia, por la extraña costumbre que hay de comparar el
precio de todo con el de un whisky, demagogia de garrafón, se podría
decir.
Una
de las grandes falacias de la industria de contenidos y sus lobbies
de presión es la de que hay que defender a los creadores de la
“cultura del todo gratis”. En primer lugar a los primeros de los
que hay que proteger a los creadores es de la propia industria, esa
que sólo deja a los artistas las migajas de unas ganancias
billonarias, esa que intenta mantener su anticuado modelo de negocio
a toda costa mediante favores políticos e introduciendo el miedo en
el cuerpo de los ciudadanos; haciéndoles creer que de un momento a
otro las autoridades podrían echar sus puertas abajo si siguen
descargando ficheros protegidos con derechos de autor.
En segundo lugar, etiquetando a media población de ladrones y jugando el papel de falsa víctima lo que realmente intentan es desviar
la atención del punto realmente importante: No se trata de que la
cultura sea gratis, se trata de que sea libre.
“El
derecho al acceso a la cultura no es el derecho al ocio, ni el
derecho a disfrutar del tiempo libre. Es mucho más. El crecimiento
de cada persona es muy distinto dependiendo de la cultura que come
y digiere. Tus aficiones, inquietudes, deseos e ideologías están
directamente relacionadas con los libros que lees, las películas
que ves y las canciones que escuchas. Lo que está en juego es el
derecho al desarrollo de la personalidad. Lo que está en juego es
el derecho a ser”, David Bravo en Copia Este Libro.
El
modelo analógico, basado en la venta de copias físicas, se hunde, y
aquellos que han hecho una fortuna gracias a él tienen miedo porque
hay un nuevo jugador que hace lo mismo que ellos, pero más barato y
mejor, nosotros. Por desgracia también tienen muchísimo poder
económico, el suficiente como para, sin cortarse un pelo, amenazar a gobiernos democráticamente electos si éstos no aprueban leyes a su
medida; leyes que coartarían el progreso y atentarían contra la
libertad y la neutralidad de la Red; leyes que echarían por tierra
derechos fundamentales que han sido dificilísimos de conseguir;
leyes que harían todo eso con la excusa de la protección del
copyright.
Las
funciones básicas de la industria siempre han sido las siguientes:
1-
Reconocer el talento.
2- Promocionar al artista.
3- Distribuir el producto.
4- Recoger las ganancias.
5- Repartir las ganancias.
2- Promocionar al artista.
3- Distribuir el producto.
4- Recoger las ganancias.
5- Repartir las ganancias.
Todas
estas tareas son sustituibles por la tecnología de Internet y algunas incluso las puede realizar cualquiera desde casa.
El
reconocimiento del talento en la web es casi automático, a menudo
vemos noticias en las que algún youtuber
con voz celestial se ha hecho famoso y una discográfica ha apostado
por él. Hernán Casciari comenzó escribiendo un blog y fueron las
editoriales las que acudieron a él. El problema es que la falta de
publicidad a los modelos libres hace que, a priori, parezca que no
que hay alternativas al copyright para los nuevos (y los viejos)
artistas y al final casi todos acaben cayendo en las redes del
modelo viejo, famoso por los contratos abusivos a los que las
empresas condenan a sus estrellas, en los que, del precio final del
producto, el autor se lleva una ínfima parte.
El
sueño de todo artista es, o al menos debería ser, que su obra sea
conocida y valorada en todas partes, raro es quien empieza en el
mundo del arte por la pasta, aunque sí los hay que se quedan por
ella.
Gracias
a la libertad que ofrece la Red se abren unas puertas que antes no
existían para los artistas que no nos venden en la radio o en la
televisión. Ahora los creadores tienen la posibilidad de llegar a
más personas y la promoción es realizada por esa misma gente; si
algo te gusta lo compartes, como se ha hecho toda la vida pero a un
volumen muchísimo mayor, con una calidad perenne, a coste
prácticamente nulo y con una variedad inmensa.
Lo
que pretenden las discográficas, editoriales y productoras es seguir
manteniendo su oligopolio de distribución y explotación de unas
creaciones que, intelectualmente, ni siquiera son suyas. Básicamente,
y como leí en un comentario muy acertado, quieren seguir forzándonos
a comprar al precio que a ellos les dé la gana unos trozos de
plástico que ya ni siquiera necesitamos. Con la tecnología y los
nuevos formatos la demanda del público ya no es la de antes. ¿Quién
quiere discos teniendo mp3? ¿Quién quiere DVDs o Blu-Rays
existiendo el HD-Rip y el streaming? ¿Quién quiere libros de medio
kilo pudiendo llevar 10.000 en unos pocos gramos?
Siempre
habrá quien prefiera tener el formato físico por fetiche, pero que
el mercado ha cambiado es un hecho, si tenemos en cuenta a una
sociedad cada vez más familiarizada con el uso de los ordenadores y
el precio, siempre a la baja, del hardware informático, esta
tendencia no va a hacer más que aumentar.
Desde
el preciso instante en que la poblacion tiene la posibilidad de
subir, descargar, distribuir, reproducir y copiar infinitamente, sin
perdida de calidad y a un coste ínfimo los bienes culturales, el
papel de los intermediarios desaparece.
En
resumen, el reconocimiento del talento, la promoción y la
distribución, que son los tres pilares básicos sobre los que se
sustenta el prestigio y el éxito de cualquier artista, son
fácilmente sustituibles gracias a una herramienta tecnológica y la
voluntad de la sociedad.
Sólo
quedan por resolver las otras dos cuestiones: recoger las ganancias y
distribuirlas. Y aquí es donde la industria y los gobiernos han
errado por completo.
Como
dice Carlos Almeida: El error
del copyright ha sido hacer protagonista del derecho de autor a la
copia, cuando el protagonista no debería ser otro que el propio
autor.
El
copyright es algo tan restrictivo y desfasado respecto al momento que vivimos que, en algunos países, esta licencia convierte en
delincuente a cualquiera que cometa la “osadía” de compartir por
Internet una canción con otra persona.
Cuando
una ley o una particular visión de un problema convierte en criminal
a la mitad del planeta resulta evidente que esa norma necesita una
revisión urgente, las leyes deben adaptarse a la realidad social en la que se aplican y no al revés, no obstante, y como demuestran
los últimos acontecimientos, no parece que ese sea el sentido en el
que quienes hacen las normas nos estén queriendo llevar.
En el momento en que se inventó la cinta de casete era ilegal hacer copias y al final se hizo tan evidente que realizarlas era una actividad generalizada que hubo que cambiar las normas del juego para no colapsar las cárceles con amantes de la música. Tanto con la aparición de los casetes como con la del VHS, la industria de contenidos puso el grito en el cielo, advirtiendo a la sociedad de que estos inventos estaban matando la música y el cine respectivamente, la historia ha demostrado lo equivocados que estaban.
En el momento en que se inventó la cinta de casete era ilegal hacer copias y al final se hizo tan evidente que realizarlas era una actividad generalizada que hubo que cambiar las normas del juego para no colapsar las cárceles con amantes de la música. Tanto con la aparición de los casetes como con la del VHS, la industria de contenidos puso el grito en el cielo, advirtiendo a la sociedad de que estos inventos estaban matando la música y el cine respectivamente, la historia ha demostrado lo equivocados que estaban.
Las
leyes siempre han ido por detrás de los avances tecnológicos, a día
de hoy directamente van en sentido contrario. La culpa de que la
cuestión sobre la recaudación y el reparto de ganancias aún no se
haya resuelto NO la tiene Internet, ni los “piratas”, ni los
creadores de herramientas para el intercambio de archivos; la culpa
la tiene única y exclusivamente aquellos que se han hecho ricos con
el actual modelo y que, por pura avaricia, quieren seguir excluyendo
a los demás del disfrute de algo que, por su naturaleza inmaterial,
ya no se puede poseer, en lugar de abrazar formas más justas de
comercio y adecuadas al entorno digital.
Existe
una buena cantidad de maneras de remuneración alternativas al
copyright que no han recibido la atención merecida debido a las
presiones de la industria y por la escasa propaganda mediática que se
les ha dado, pero que bien adoptadas habrían supuesto, sin lugar a
dudas, un cambio a mejor en la manera de disfrutar la cultura y
gestionar los derechos de autor, y es que nadie dice que los autores
no deban cobrar por su trabajo, más bien al revés, lo que no
queremos es que, por el trabajo de los autores, cobre una industria
egoísta y anclada en el pasado que nos quiere meter a todos en la
cárcel por no pasar por su aro.
Se podría decir que hasta ahora la única manera que había de remunerar a los creadores era a través de los pícaros intermediarios, ahora que esos intermediarios son innecesarios hay que empezar a fijarse en las alternativas:
-Licencias
Copyleft y Creative Commons:
Mientras
que las licencias fundamentadas en el copyright funcionan a base de
restringir el disfrute de los bienes culturales a, exclusivamente,
aquellos que pasen por caja, las licencias copyleft parten de la
premisa de que eliminando las restricciones se consigue una mayor
difusión, una mayor difusión equivale a un mayor caché, caché +
difusión = más gente dispuesta a pagar por tu trabajo.
Si
permites que tus creaciones se distribuyan libremente llegarás a más
gente, en el peor de los casos habrá a quien no le guste lo que
haces, aunque por lo menos no habrás perdido nada, puesto que para
ti el coste de distribución habrá sido nulo; el siguiente escenario
es que a alguien no le guste lo suficiente como para pagar por ello
pero sí lo suficiente como para mostrárselo a sus amigos y de ahí
a los amigos de los amigos, a algunos de ellos les gustará y te
harán una donación, comprarán tus originales o tu merchandising e
irán a tus directos.
Las
licencias copyleft convierten a cada artista en un “autónomo”,
prescinden de los injustos e innecesarios intermediarios, dejando
sólo los imprescindibles como las gestoras de licencias Creative
Commons, y de la parte de los derechos que por contrato se les otorga
(las demandas nunca las presentan los artistas, sino los
otros propietarios de
derechos).
Otorgan al autor un abanico más amplio de posibilidades para decidir cómo gestionar
sus derechos y el rendimiento económico que generen los mismos; esto hay remarcarlo ya que una de las particularidades
del copyright más estricto es que, para mantener ese coto de explotación,
requiere de otros agentes, propietarios de la mayor parte de los
derechos sobre una obra, que no tienen otra función más que la de
"sacar pasta de donde sea", quiera o no el autor; si a día
de hoy un artista decidiera difundir libremente su obra registrada lo
tendría muy difícil, por no decir imposible.
Como explica Enrique Dans, Creative Commons está entre el copyright estricto y el dominio público.
Como explica Enrique Dans, Creative Commons está entre el copyright estricto y el dominio público.
Los derechos sobre la copia, por contrato, nunca han estado en posesión
del creador sino de las multinacionales de turno, y hasta ahora esta
ha sido la única opción existente, “o lo haces a mi manera o te
vuelves a tu casa a seguir cantando bajo la ducha o escribiendo en tu
blog.”
Pero
quizá la peor barrera impuesta por el copyright y su modelo
analógico sea la geográfica. Las discográficas, editoriales y
productoras son empresas privadas, y como tales sólo piensan en
obtener el máximo beneficio con la mínima inversión, si ellos
consideran que comercializar un producto en una determinada región
no va a ser rentable, no lo harán; no hay que ser muy ducho para
advertir lo perjudicial que resulta esto para la difusión de la
cultura, y lo injusto que es privar a países enteros del disfrute de
una obra porque los intermediarios “creen” que no resultará
rentable venderla en esa zona.
Las
licencias copyleft, al permitir la difusión libre y gratuita por
Internet, tienen la capacidad de saltarse estos límites geográficos
y llegar a donde el copyright no puede o no quiere.
-Potenciar
la venta de archivos digitales a través de Internet:
La
mayor evidencia con la que nos encontramos al analizar el momento que vivimos es que las copias físicas están abogadas a desaparecer, no
completamente pero sí como medio generalista de disfrute de la
cultura. La venta online permite eliminar a los intermediarios que
ahora mismo se llevan hasta el 90% de los beneficios generados por la
creación, dejando al creador con una miseria de, aproximadamente, el 10%.
Prescindir de estos intermediarios no sólo aumenta la proporción
retributiva del artista, sino que lo acerca a sus clientes, a sus
fans, propiciando una relación más directa con ellos a través de
los mismos instrumentos que estos utilizan para comunicarse.
Llegados
a este punto se podría argumentar que esto, en parte, ya existe, y
que los Ebooks o iTunes ya permiten comprar directamente esos
contenidos de manera fácil y rápida. El problema es que hasta la
fecha estos amagos de adaptación de la industria, a todas luces
insuficientes, no se han realizado desde la perspectiva de hacer la
cultura más accesible al público, sino que han intentado aplicar la
misma fórmula que usan en el mundo analógico, basada en
restricciones y precios artificiales, al mundo online.
Así
pues nos encontramos con libros electrónicos al mismo precio que la
edición de papel, es decir, un formato cuyo coste de copia y
distribución es casi cero, al precio del formato físico. Además de
estos precios abusivos la inmensa mayoría de Ebooks se encuentran
tras una “verja digital” conocida como DRM (Digital Rights
Management), un sistema anticopia para impedir que, por ejemplo,
puedas leer el libro que has pagado religiosamente en un número de
dispositivos superior al que a los editores les dé la gana, y para colmo hay que pasar por una serie de etapas
de activación que son una verdadera pesadilla para quien no esté
acostumbrado a lidiar con las restricciones digitales.
Con
iTunes y demás plataformas de venta de música online ocurre algo
similar, sigue habiendo restricciones digitales (aunque son
fácilmente eludibles) y, en mi opinión, los precios no se
corresponden con la naturaleza del formato.
Todos
estos obstáculos digitales, a parte de ser insultantemente caros
para las compañías, son totalmente ineficaces, siendo burlados al
poco de ver la luz.
Lo
expuesto arriba es lo que ocurre cuando los mismos intermediarios de
siempre, avariciosos y aferrados a una perspectiva analógica, entran en
el mercado de Internet tratando de imponer sus reglas a unos
consumidores más concienciados y libres que nunca; o se adaptan YA
al contexto en el que viven y a las necesidades de la gente o morirán
llevándose a un montón de inocentes por delante, y por inocentes
entendamos a los ciudadanos honrados que han sido demandados por las
grandes multinacionales; a los webmasters y programadores que se han
visto metidos en eternos litigios por facilitar el acceso a la
cultura; a los organizadores de conciertos benéficos; a los colegios que tienen que pagar cuantiosas sumas de dinero por las obras que
interpretan sus alumnos, etcétera, etcétera, etcétera, la lista sigue y sigue...morir matando, lo llaman.
De
momento lo único que han hecho las empresas del ocio audiovisual
para intentar salvarse de la quema ha sido perseguir y criminalizar a sus propios
consumidores e intentar ponerle puertas al campo, a (casi) nadie se
le ha ocurrido eliminar las barreras y bajar los precios a un nivel
lógico, “a ver qué pasa”.
-Plataformas
de streaming y el modelo freemium:
Además
de la relación valor/precio, una de las cosas que más valora el
público es la variedad de contenidos y la inmediatez. Spotify o
Netflix, así como Soundcloud o Grooveshark (todas ellas asfixiadas
por la industria del entretenimiento propietaria de los derechos
sobre la copia) tienen en común que ofrecen un acceso inmediato y
totalmente legal a una cantidad y variedad de contenidos
audiovisuales jamás conocida hasta ahora.
Spotify,
en su versión gratuita, permite el acceso a una biblioteca musical
de más de 15 millones de canciones, a parte cuenta con otras dos
modalidades de pago que permiten eliminar la publicidad o descargar
los archivos a los dispositivos para reproducirlos offline. También cuenta con una interfaz muy intuitiva con integración redes
sociales y un eficaz sistema de recomendaciones para que nunca te
quedes sin descubrir música nueva.
Con
Netflix pagas una tarifa plana muy asequible al mes y con ella puedes
disfrutar a la carta de un importante catálogo de series, sin peligro de
perderte un capítulo y sin tener que ceñirte a la programación cerrada de una
cadena.
Otra
cosa que tienen en común estas plataformas es la capacidad de
conocer con total exactitud cuántas veces se ha visto una serie o se
ha escuchado una canción, es decir, además de ofrecer libertad casi
total al usuario también tienen la capacidad de remunerar a los
creadores con total transparencia, sin artimañas ni terceros de por
medio.
Si
el consumidor cree que algo vale la pena, pagará por ello, la mejor
forma de competir con lo gratis es ofreciendo algo por lo que valga
la pena pagar y/o aprovechando las ventajas de lo
gratis, por ejemplo, con una plataforma que obtenga ingresos a través de publicidad. Esto ya se hace, pero debería ser la regla, no la excepción.
¿Por
qué estos modelos de éxito no se están extendiendo como la
pólvora? ¿Por qué no experimentan un crecimiento proporcional a su
innovación y popularidad? Pues por culpa de “los mismos de
siempre”, Netflix lleva tiempo queriendo introducirse en Europa y
no ha hecho más que darse de bruces una y otra vez contra el muro que levantan los propietarios de los derechos. Spotify, por su parte,
paga cantidades multimillonarias a las discográficas pese a tener un
sistema de reparto a todas luces más justo y un formato
que poco o nada tiene que ver con el modelo clásico. Es la propia
industria la que se pone zancadillas a sí misma…
-Impuestos
recaudados a través del Estado, la “Licencia General Opcional”:
Si
el archiconocido canon digital o compensación por copia privada se
basaba de una recaudación arbitraria impuesta forzosamente a todos
los dispositivos informáticos, fueran o no a emplearse para copiar o
reproducir material con copyright, y gestionada por una entidad
privada; la Licencia General Opcional sería una tasa a pagar
voluntariamente por aquellos ciudadanos que reconocieran que
efectivamente van a utilizar sus conexiones para descargar copias no
controladas de material protegido.
Esta
licencia le daría libertad al usuario para descargar a placer y
podrían estudiarse diferentes tarifas y contratos en función del
volumen a descargar, siempre respetando una proporcionalidad con el
formato digital.
Los
ingresos procedentes de este novedoso canon deberían ser gestionados
por el organismo público correspondiente, y no a través de
entidades privadas que sólo se preocupan por la maximización de
beneficios.
-Actuaciones
en directo y merchandising:
Los
conciertos, obviamente, no son algo nuevo, sin embargo uno de los hechos que
se silencia sistemáticamente en los medios de comunicación es que
éstos han aumentado vertiginosamente desde la llegada del
intercambio de archivos. Varios estudios han mostrado algo que en
principio resulta bastante evidente, mientras las ganancias
percibidas por los artistas a través de la venta de discos han
descendido, las obtenidas a través de las actuaciones en vivo se ha
multiplicado varias veces en la última década.
Es
evidente que el intercambio de archivos, la difusión masiva de la
cultura, ha sido el motor de esta tendencia sumamente beneficiosa
para el artista, ya que obtiene un porcentaje bastante superior al de sus
royalties, hasta el 80%; además, la posibilidad de acceder y recomendar fácilmente obras de grupos independientes sin tirón mediático ha
disparado el número de actuaciones de música alternativa.
A
esto también hay que sumarle los ingresos por la venta de
merchandising: camisetas, chapas...que se suelen vender a la entrada
y la salida de los directos.
¿Han
aprovechado los grandes sellos discográficos este tirón? Por
supuesto, aunque, por si cabe alguna duda, lo han hecho “a su
manera”...
Con
el auge de los directos en la industria musical están proliferando
los llamados “contratos de 360 grados”. Este tipo de acuerdos
otorgan a las empresas, ya no sólo el derecho a quedarse con gran
parte de los ingresos procedentes de la venta de compactos como hasta
ahora, sino también con una proporción de lo que los artistas ganen
en los conciertos y la comercialización de material derivado, y no
es que ellos hagan el trabajo de buscarle actividades al grupo o
cantante, eso sigue siendo tarea del manager, la única
responsabilidad que tiene el sello en este caso es la de poner la
mano; si no se rentabilizan los discos se puede llegar a dar el
absurdo de que el grupo acabe pagando a la discográfica por trabajar
para ellos, demencial.
A
sabiendas de que la venta de discos es un negocio a la baja, las
firmas han buscado nuevas formas de sangrar a los artistas...y luego
los que se “aprovechan del trabajo de los creadores” somos
nosotros.
-Favorecer
el paso a dominio público de las obras:
A
partir de un cierto tiempo tras la muerte del autor las obras
culturales pasan a dominio público, esto significa que los derechos
de autor dejan de ser de los titulares post-mortem y pasan a ser
propiedad de la sociedad, permitiendo que, sin depender de su
bolsillo y sin renunciar nunca al reconocimiento de la autoría, ésta
pueda saborear esas creaciones. El margen se creo para que, tras la
muerte del creador, los propietarios de los derechos pudieran
disfrutar durante un cierto periodo de las ganancias generadas por la
explotación de la creación.
Lo
que ocurre es que este límite temporal se ha ido ampliando una vez
tras otra; concretamente cada vez que una creación rentable en manos
de multimillonarios estaba a punto de pasar a dominio público;
gracias al poder de esos titulares de los derechos se ha estado yendo
en contra del beneficio social para ir en favor del beneficio
privado.
Actualmente
ese límite está en 70 años tras la muerte del autor, un periodo
totalmente desproporcionado si tenemos en cuenta que quien explota la
obra durante ese periodo no es quien la creo sino una multinacional
o, en el mejor de los casos, los herederos. También habrá quien
opine que eso es lo lógico, que la obra es la herencia que un autor
lega a sus descendientes, olvidando que cuando hablamos de cultura hablamos de
algo que fue creado para el disfrute colectivo y el enriquecimiento
intelectual y espiritual de las personas.
El
patrimonio que un creador ha conseguido gracias a su obra es la
herencia que le deja a sus vástagos, la obra es la herencia que le
deja a la humanidad. El dominio público se originó porque la
cultura es algo tan importante para la sociedad que los legisladores
consideraron que era injusto privarla eternamente de su disfrute.
La libre circulación de ideas no sólo actúa en beneficio común,
también en el del artista, éstos no son lo que son gracias a
una intervención divina sino que han bebido de lo que han creado
otros y a partir de ahí han encontrado su forma particular de
expresarse, “las musas no existen”.
“En realidad no soy yo quien está
escribiendo este alocado libro. Es usted, y usted, y usted y aquel
hombre de allí, y esa chica en la mesa de al lado”, James Joyce.
La
etapa entre la muerte del autor y el dominio público es una excepción especial de la que han estado abusado los más poderosos, cambiado la
ley a golpe de talón cada vez que una obra estaba a punto de pasar a
manos de todos. Esto ha tenido consecuencias nefastas para el curso
natural del conocimiento, por ejemplo, el hecho de que por culpa del
copyright sea imposible disfrutar de libros o películas
descatalogadas porque sus propietarios han decidido que ya no son
rentables raya lo ofensivo.
Acelerar
el paso a dominio público de las obras no sólo sería una maniobra
justa para con la sociedad, sino que además abriría otras vías de
explotación mucho más equitativas que las actuales, como obras
derivadas o la comunicación pública, beneficiando así a la riqueza
cultural del país.
Las
ideas no pueden poseerse, no son tangibles como un coche, una casa o
el dinero, por lo que no pueden equipararse jamás a la propiedad
privada; la “propiedad intelectual”, como tal, no existe.
Un
claro ejemplo de esto es que en nuestra vida diaria siempre hacemos
referencia a citas, refranes y pensamientos que van saltando de boca
en boca, de generación en generación.
Uno
es autor de lo que crea, eso está fuera de toda duda, decir que es
tuya una idea que no lo es se llama plagio o fraude y está bien
tipificado en el código penal, pero una cosa es atribuirte méritos
sobre una creación que no es tuya y otra muy diferente es
disfrutarla o difundirla, copiar no es robar. Esto, los
intermediarios y paladines del copyright, ni lo entienden ni les
interesa entenderlo e insisten en llamar “expolio” al hecho de
deleitarse con una obra sin aflojar la mosca.
La
mera existencia del dominio público debería hacer evidente que los
que realmente están “expoliando” la cultura son ellos,
adjudicándose derechos sobre las creaciones de otros, explotándolas
y cercenando el acceso a algo que, una vez fallecido el creador,
acabará siendo de todos. En cualquier caso, no se trata únicamente del concepto de dominio público, la función social, tanto de la propiedad intelectual como de cualquier propiedad, está reflejada en las leyes y en esencia las define como una serie de derechos que se otorgan a uno o varios titulares para que la explotación de ese bien pueda contribuir al beneficio colectivo. La existencia de la propiedad no tiene como fin el enriquecimiento del propietario, sino que responde a una necesidad social.
En resumen, un autor puede o no estar de acuerdo con que su fruto se propague sin su autorización, como yo podría o no estar de acuerdo con que ciertas personas leyeran lo que escribo, sin embargo, en la realidad en la que vivimos, lo mejor que uno puede hacer es aceptar que eso va a ocurrir, quiera o no, y buscar nuevas formas, como las expuestas arriba, de sacarle provecho a esta situación, absolutamente beneficiosa para la comunidad y muy perjudicial para la pequeña élite que realmente se ha hecho de oro con el trabajo de los artistas a base de colocarse entre ellos y sus admiradores.
En resumen, un autor puede o no estar de acuerdo con que su fruto se propague sin su autorización, como yo podría o no estar de acuerdo con que ciertas personas leyeran lo que escribo, sin embargo, en la realidad en la que vivimos, lo mejor que uno puede hacer es aceptar que eso va a ocurrir, quiera o no, y buscar nuevas formas, como las expuestas arriba, de sacarle provecho a esta situación, absolutamente beneficiosa para la comunidad y muy perjudicial para la pequeña élite que realmente se ha hecho de oro con el trabajo de los artistas a base de colocarse entre ellos y sus admiradores.
La
solución perfecta pasa por eliminar a los agentes basados en las copias y el control sobre las mismas y encontrar mecanismos
de retribución que sean
más justos con los artistas y
medios de transmisión que
sean más justos con la
sociedad...estas alternativas están ahí, sólo hay que aplicarlas de una vez.
Etiquetas:
actualidad,
cultura,
opinión,
propiedad intelectual
martes 10 de enero de 2012
(Aún más) Voces femeninas del rock
Retomando un poco aquella fiebre que me dio por las vocalistas femeninas os deleito 5 de las mejores voces de mainstream rock que podemos encontrar, para vuestro disfrute.
The Letter Black - Hanging On By Thread
The Dirty Youth - Fight
Eowyn - Beautiful Ashes
The Pretty Reckless - Make Me Wanna Die
Halestorm - I Get Off
The Letter Black - Hanging On By Thread
The Dirty Youth - Fight
Eowyn - Beautiful Ashes
The Pretty Reckless - Make Me Wanna Die
Halestorm - I Get Off
Etiquetas:
música
domingo 8 de enero de 2012
El arte es un medio, no un fin
La digitalización de la fotografía ha traído consigo la democratización, no sólo del instrumento y de la forma de tomar fotos, sino también de los procesos de tratamiento de la imagen. Ha permitido que lo que antes sólo estaba al alcance de quienes tenían el poder económico para tener y el talento para usar un laboratorio de revelado esté al alcance de cualquiera. De lo que hablo es de la posibilidad de tratar el negativo a posteriori para conseguir lo que realmente esperábamos de la foto cuando presionamos el disparador.
Quien se adentre en este mundo y esté
dispuesto a profundizar en él, a buscar un camino propio y a
experimentar con las alternativas que ofrece lo digital, tarde o
temprano acabará topándose con dos "guantazos" en forma de pregunta:
“¿Qué cámara tienes?” y
“¿Usas Photoshop”?
Cualquiera de estas dos cuestiones
puede presentarse en una infinidad de variantes: “debes tener una
cámara muy buena”, “cómo se nota que dominas el Photoshop”, etc,
etc, etc.
El problema radica en que quien formula
estas preguntas suele hacerlo con la intención, sana o no, de
degradar en cierto modo el mérito de tu trabajo. La democratización
de la fotografía ha provocado que cuando alguien ve una obra que
destaca sobre lo habitual, o mejor dicho, que destaca sobre lo que esa persona es
capaz de hacer con su cámara, automáticamente lo asocie a que
quien la ha realizado ha de tener una buen equipo o un uso magistral
de un programa de retoque...la cuestión es que, para cualquier fotógrafo que haya
invertido tiempo y dinero en este hobby, ambas cosas serán ciertas en
la mayoría de casos.
De las dos cuestiones la más compleja
quizá sea el uso de un software especializado para el tratamiento de
la imagen, a fin de cuentas hoy en día cualquiera puede comprarse
una cámara réflex por lo mismo que antes costaba una compacta de
las "normalillas", pero no todos tienen el tiempo o la paciencia para
aprender a usar un programa y después pasarse horas y horas delante
del ordenador buscando el mejor resultado.
Sí amigos, en la mayoría de ocasiones en
las que veáis una foto que realmente os gusta detrás de ella habrá
un proceso de tratamiento de la imagen posterior al clic; y a partir
de esta "revelación" es desde donde voy a intentar desengranar este proceso para que
quien lo lea tenga una mejor comprensión de lo que pasa desde que el
fotógrafo presiona el obturador hasta que finalmente vemos la imagen en la pantalla del ordenador (o impresa, aunque la impresión es otro
mundo a parte).
Lo primero que
hemos de saber es qué ocurre en el momento en el que presionamos el
disparador, se abre el obturador y empieza a entrar luz al sensor de
la cámara. Cuando todo eso ocurre los fotodiodos que componen el
sensor emiten señales eléctricas que son recibidas por el
procesador de la cámara, el cual se encarga de codificar esas señales en
formato binario, esto es, unos y ceros. Estos unos y ceros son los
que componen un archivo primario y sin comprimir que en fotografía
digital llamamos RAW, se trata de un archivo sin formato real que
alberga toda la información captada por el sensor (colores, luz...)
e información contextual (modelo de cámara, hora, objetivo,
focal...) y sólo puede ser tratado a través de un software
específico, llamado “revelador RAW”, el Adobe Cámera Raw de
Photoshop es uno, existen otros, la mayoría suministrados por el propio fabricante de la cámara.
Lo segundo a
tener en cuenta es que existen dos tipos de postprocesado,
entendiendo por postprocesado lo que ocurre desde que se genera ese
archivo RAW sin compresión hasta que obtenemos el JPG final (o
cualquier otro formato genérico): El primero de ellos es el que se realiza dentro de la
propia cámara y el segundo, con intervención humana, el que se realiza en el PC.
En el primero de los casos el formato
RAW es tratado directamente por el software del equipo en función
de los parámetros que hayamos seleccionado en el menú de la cámara,
dentro de estos parámetros preestablecidos se incluyen las opciones
de blanco y negro, saturación, virados a sepia y demás efectos,
básicamente todos los estilos de imagen que se ofrezcan. Lo
que obtenemos a cambio es un archivo comprimido, el JPG, que se
guarda en la tarjeta de memoria y será reproducible por cualquier
ordenador o aparato multimedia del mercado pero que debido a esa
compresión prácticamente no nos permitirá ningún control sobre el resultado
final de la imagen sin que esta vea reducida drásticamente su
calidad.
Dicho con un ejemplo, si a la cámara
le pedimos que saque una foto en blanco y negro estaremos perdiendo
todos los datos de color que poseía la escena y que fueron captados
por el sensor. En el mejor de los casos sencillamente malgastaremos
el potencial que nos ofrece nuestra cámara, en el peor de los casos
nos arrepentiremos porque nos daremos cuenta de que la foto habría resultado mejor a color y
no habrá vuelta atrás.
En la segunda alternativa el RAW sin
comprimir es lo que se guarda en la tarjeta de memoria, el “problema”
de este tipo de archivos es que no son universales y por tanto no se
pueden “ver” ni modificar sin un programa específico que sepa
interpretarlos, la ventaja es que al no estar comprimidos tienen una
enorme cantidad de información en comparación con los JPG al estar
codificados en 12 o 14 bits y no en 8. Esta cantidad de datos extra
nos permitirá, por una parte, poder salvar algún que otro error de exposición (dentro de los límites del sensor) que pudiéramos haber cometido a la hora de realizar la
toma, y por otra, conseguir la fotografía que realmente queríamos, dado que podremos trabajar con ese negativo digital y ser nosotros y
no la cámara quienes decidamos qué sacar de él. El RAW permite hacer todo esto sin pérdida de calidad, ya que nos ofrece la posibilidad de sacar varias "versiones" de una misma toma sin alterar en ningún momento el archivo primario, que es él mismo, al igual que en analógico las mejores ampliaciones se hacían a partir del negativo, no de una copia.
La similitud con la fotografía
analógica es muy fácil de ver, el negativo analógico no era la
foto en sí sino la mera impresión que había dejado la luz
sobre un material fotosensible; sin vida, sin color e indescifrable
para el ojo humano, sólo tras haber sido trabajada durante una hora
por una máquina o durante días por un profesional con el material
adecuado se presentaba ante nosotros como lo que estaba destinado a
ser: una fotografía. Pues en digital sucede lo mismo, el negativo
digital, por sí solo, no es más que un puñado de unos y ceros,
pero tratado con el software adecuado puede convertirse en una imagen
fantástica.
La diferencia entre dejar que la cámara
sea la que trabaje ese archivo y el hacerlo nosotros mismos es como
la diferencia que existía entre llevar nuestro carrete a una tienda
de revelado en una hora o hacerlo en un laboratorio valorado en miles
de euros, por supuesto que las fotos reveladas en una hora salían
estupendas, pero también sabemos que las posibilidades creativas que
nos habría dado un cuarto oscuro y los conocimientos adecuados son
infinitas.
"Si tenemos en cuenta la diferencia entre ver a través del ojo humano y ver a través de un objetivo resulta obvio que quien únicamente se dedique a apuntar con su cámara y disparar esperando obtener una foto atractiva seguramente se lleve más de una decepción"
Andreas Feininger
Con todo esto sobre la mesa cabe
hacerse la siguiente pregunta ¿Qué es lo que esperamos de una
fotografía?
En mi caso lo tengo claro, quiero que
las fotos me hagan sentir. El arte no es el fin de la fotografía,
sino el medio a través del cuál una fotografía es capaz de evocarle sentimientos a quien la observa.
Una
imagen que no tiene la capacidad de hacer sentir es una postal, un
souvenir, del mismo modo que una sucesión de
sonidos no tiene por qué ser música.
Como cualquier forma de expresión
artística, la fotografía cuenta con ciertos límites que es
necesario dominar para conseguir lo que queremos. Por un lado están
los límites con los que inevitablemente nos topamos al intentar
plasmar en un formato estático y bidimensional una escena
tridimensional en constante cambio. Por otro lado están los límites
ópticos y tecnológicos que, sencillamente, hacen imposible que una
cámara pueda captar una escena con la misma precisión que el ojo
humano. Es necesario tener siempre presente que unos límites se
controlan conociendo y sabiendo manejar el equipo y otros sabiendo
trabajar el negativo, y que todo conocimiento sirve de poco sin el
famoso ojo del fotógrafo.
(Esto nos lleva a
una paradoja que ha sido discutida a lo largo y a lo ancho de todo el
mundo: Efectivamente puede haber grandes “tomadores de fotografía”
que no sean grandes “tratadores de imágenes” y viceversa, de
hecho, a nivel profesional, en muchas ocasiones son dos personas
diferentes las que realizan estos trabajos.)
Además de tener la capacidad de "ver" buenas escenas, el artista debe conocer y
utilizar los límites en su propio beneficio, estos límites forman
parte de sus herramientas, algunas veces le resultarán útiles, otras veces no le harán falta y otras tantas serán un lastre, pero llegar o no al corazón y la mente de quien
vaya a observar su obra dependerá del uso que haga de estas herramientas.
“La fotografía es
una forma de mirar, no la mirada en sí misma”
Susan Sontag.
La
“manipulación” de la imagen comienza en el momento en que quien
se encuentra detrás de la cámara encuadra y decide qué vas a ver y
qué no, a partir de ahí, desde la elección de los parámetros de
la toma hasta el tratamiento de la imagen, todo forma parte del
“proceso artístico”. A través de este proceso es como el
fotógrafo intenta expresar su forma particular de ver el mundo.
En
ocasiones se juzga negativamente una obra por puro desconocimiento de
la materia, porque no se sabe lo que realmente hay detrás de una
foto y que encuadrar y disparar suele ser sólo la mitad del trabajo.
Pero después de todo, conociendo y comprendiendo todos los detalles,
será del criterio de quien observa el decidir qué es arte y qué no
lo es.
Etiquetas:
fotografia,
opinión
jueves 29 de diciembre de 2011
Les presento a nuestro nuevo ministro de Cultura, José Ignacio Wert
Tras el batacazo electoral del PSOE y con la salida del Ministerio de Cultura de doña Ángeles González Sinde, la comunidad internauta esperaba con ansia conocer el nombre del sucesor de la ministra peor valorada de la pasada legislatura según el barómetro del CIS y con una dura competencia. Pues bien, Mariano Rajoy hizo públicos los nombres de los futuros ministros a su cargo y en el ámbito cultural la noticia no podría ser más desalentadora.
José Ignacio Wert es el nombre del nuevo ministro de Educación, Cultura y Deportes. Este hombre, hace aproximadamente un año, defendió con uñas y dientes la ley Sinde dejando clara su opinión personal sobre la opinión general que existe en la Red ante el intercambio de archivos en un artículo titulado “Peristas y libertarios”, ahí es nada.
En este texto, plagado de falacias y argumentos e insultos propios de alguien que vive por y para el lobby del copyright (el nuevo ministro se dirige a los usuarios como “nuevos bárbaros” y en otro artículo define al movimiento 15-M como un “antro anarco-comunista de izquierda totalitaria”), Wert se autodefine casi como un “analfabeto digital”.
Esto vuelve a poner de manifiesto algo que llevamos sufriendo los internautas desde que Internet empezó a suponer una amenaza para el modelo de negocio de unos pocos ricos:
Quienes han de legislar sobre la Red ni la conocen ni la entienden.
Durante su toma de posesión, y con el cadáver de la "ley Sinde" todavía caliente, Wert se animó a lanzar un hueso a sus amigos de la industria y a dar una patada en los mismísimos de la Red con sus primeras declaraciones, declaraciones que dejan entrever que en lo que llevamos de año no se ha molestado en hacer los deberes.
Es un insulto a la inteligencia que alguien con tanto poder y responsabilidad como la que tiene un ministro, que debería tener ciertos conocimientos legales por su profesión, muestre tamañas señas de ignorancia en el ámbito de la propiedad intelectual.
Wert deja claro de parte de quién está haciendo suyo el discurso de la industria, y para defender el árbol que mejor sombra le da no le importa, como viene haciendo el lobby desde hace años, mentir y obviar por completo las sentencias que juez tras juez, batalla legal tras batalla legal, han ido dando la razón a internautas, webmasters y creadores de software hasta llegar a la absolución de Pablo Soto, y que dejan más claro que el agua que en España la descarga o la subida sin ánimo de lucro de archivos protegidos con derechos de autor NO ES DELICTIVA, del mismo modo que no son delictivas las webs de enlaces ni los programas P2P.
A pesar de lo obvio de esta afirmación, respaldada por el ya nada despreciable número de sentencias favorables al intercambio de archivos, el nuevo ministro de cultura no se corta un pelo a la hora de llamar al intercambio de archivos “descargas ilícitas” o a la de equiparar la propiedad intelectual a la propiedad material, siendo capaz de poner en duda la prevalencia de los derechos sociales sobre la primera, de hecho, se refiere a las resoluciones contrarias a los intereses del Copyright como “lagunas legales”.
Otro de los viejos argumentos en los que cae el nuevo ministro es un clásico entre los clásicos: “un artista tiene derecho a vivir de su obra”, no, mire señor Wert, como ya le han explicado desde todos los rincones de la blogosfera “un artista no tiene derecho a vivir de su obra, tiene derecho a intentarlo”, como todos los mortales.
Añado, que tengan derecho a intentar vivir de su obra no significa que no se deban respetar sus derechos como creadores de la misma, eso queda fuera de toda duda, ahora bien, son ellos los que deben decidir cómo van a intentar sacar provecho de su creación ¿Van a seguir basándose en un modelo anticuado basado en intermediarios y en contra de la corriente social o se van a adaptar a la difusión directa y masiva que permite la red?
Las investigaciones han demostrado que sólo un 10% de los creadores tiene el privilegio de vivir del fruto de su obra, esto es, de la venta exclusiva de discos o libros y derechos de autor; el resto obtiene sus ingresos a través de otras formas de financiación, es decir, ese 90% restante vive de su trabajo, no de su obra; en el mejor de los casos hay una relación directa entre el trabajo y la obra, como en el caso de los conciertos o incluso de los profesores, en el peor de los casos esa mayoría silenciada tiene un trabajo de sol a sol mal pagado o hace cola en el INEM.
Con estos datos, muy fáciles de encontrar en Internet y muy difíciles de ver en los medios de comunicación habituales, no hay que ser sociólogo ni estadista para darse cuenta de a quién está Wert tratando de proteger con su discurso y los nuevos reglamentos que dice estar dispuesto a implantar.
Nota: Al poco de escribir esta entrada se daba a conocer la aprobación del reglamento de la Ley Sinde. Sin dialogo, sin debate, por la espalda.
Como fotógrafo aficionado, a mí también me gustaría haber conseguido hacerle un retrato a un famoso y vivir el resto de mi vida de vender camisetas, pero a lo máximo que aspiro es a darme de alta como autónomo y luchar, arriesgando mis ahorros, en un mundo de una feroz competencia, aspiro a intentarlo; así que aquí estoy, trabajando para vivir y publicando mis obras en Internet bajo licencia Creative Commons.
Los creadores han de cobrar por su trabajo, pero debemos potenciar las alternativas que se abren ante nosotros gracias a la existencia de Internet; favorecer las opciones que en lugar de restringir el acceso a la cultura permiten acceder a ella con mayor facilidad, ofrecer una mayor variedad y acercar a los artistas a sus seguidores mientras obtienen beneficios a través de la venta online, de los conciertos o del merchandising.
Lo que ocurre es que estas alternativas que beneficiarían tanto a la sociedad como al 90% de artistas que no aparecen por televisión, también irían contra el negocio de los más poderosos, los únicos por los que el nuevo ministro de cultura está dispuesto a luchar.
Otras falacias del nuevo ministro y repetidas hasta el aburrimiento por la industria bien explicadas por Ricardo Gallir: Conviene recordar algunos datos sobre la propiedad intelectual y la ley Sinde
José Ignacio Wert es el nombre del nuevo ministro de Educación, Cultura y Deportes. Este hombre, hace aproximadamente un año, defendió con uñas y dientes la ley Sinde dejando clara su opinión personal sobre la opinión general que existe en la Red ante el intercambio de archivos en un artículo titulado “Peristas y libertarios”, ahí es nada.
En este texto, plagado de falacias y argumentos e insultos propios de alguien que vive por y para el lobby del copyright (el nuevo ministro se dirige a los usuarios como “nuevos bárbaros” y en otro artículo define al movimiento 15-M como un “antro anarco-comunista de izquierda totalitaria”), Wert se autodefine casi como un “analfabeto digital”.
Esto vuelve a poner de manifiesto algo que llevamos sufriendo los internautas desde que Internet empezó a suponer una amenaza para el modelo de negocio de unos pocos ricos:
Quienes han de legislar sobre la Red ni la conocen ni la entienden.
Durante su toma de posesión, y con el cadáver de la "ley Sinde" todavía caliente, Wert se animó a lanzar un hueso a sus amigos de la industria y a dar una patada en los mismísimos de la Red con sus primeras declaraciones, declaraciones que dejan entrever que en lo que llevamos de año no se ha molestado en hacer los deberes.
Es un insulto a la inteligencia que alguien con tanto poder y responsabilidad como la que tiene un ministro, que debería tener ciertos conocimientos legales por su profesión, muestre tamañas señas de ignorancia en el ámbito de la propiedad intelectual.
Wert deja claro de parte de quién está haciendo suyo el discurso de la industria, y para defender el árbol que mejor sombra le da no le importa, como viene haciendo el lobby desde hace años, mentir y obviar por completo las sentencias que juez tras juez, batalla legal tras batalla legal, han ido dando la razón a internautas, webmasters y creadores de software hasta llegar a la absolución de Pablo Soto, y que dejan más claro que el agua que en España la descarga o la subida sin ánimo de lucro de archivos protegidos con derechos de autor NO ES DELICTIVA, del mismo modo que no son delictivas las webs de enlaces ni los programas P2P.
A pesar de lo obvio de esta afirmación, respaldada por el ya nada despreciable número de sentencias favorables al intercambio de archivos, el nuevo ministro de cultura no se corta un pelo a la hora de llamar al intercambio de archivos “descargas ilícitas” o a la de equiparar la propiedad intelectual a la propiedad material, siendo capaz de poner en duda la prevalencia de los derechos sociales sobre la primera, de hecho, se refiere a las resoluciones contrarias a los intereses del Copyright como “lagunas legales”.
A estas alturas de la película parece increíble que aún haya gente empeñada en no ver la diferencia entre algo intangible, inabarcable e infinitamente copiable como un archivo multimedia y un bien material como “un bolso de Vuitton”. Pero ahí están tipos como Wert o su Secretario de Estado de Cultura, José María Lassalle, empecinados en llamar “expolio de los creadores” al libre acceso a la cultura pese a que se haya demostrado una y otra vez, a través de estudios y de las opiniones de los artistas que han visto aumentados sus ingresos gracias al auge de los conciertos, los beneficios que ofrece este intercambio para los creadores y no sólo para los consumidores.
Otro de los viejos argumentos en los que cae el nuevo ministro es un clásico entre los clásicos: “un artista tiene derecho a vivir de su obra”, no, mire señor Wert, como ya le han explicado desde todos los rincones de la blogosfera “un artista no tiene derecho a vivir de su obra, tiene derecho a intentarlo”, como todos los mortales.
Añado, que tengan derecho a intentar vivir de su obra no significa que no se deban respetar sus derechos como creadores de la misma, eso queda fuera de toda duda, ahora bien, son ellos los que deben decidir cómo van a intentar sacar provecho de su creación ¿Van a seguir basándose en un modelo anticuado basado en intermediarios y en contra de la corriente social o se van a adaptar a la difusión directa y masiva que permite la red?
Las investigaciones han demostrado que sólo un 10% de los creadores tiene el privilegio de vivir del fruto de su obra, esto es, de la venta exclusiva de discos o libros y derechos de autor; el resto obtiene sus ingresos a través de otras formas de financiación, es decir, ese 90% restante vive de su trabajo, no de su obra; en el mejor de los casos hay una relación directa entre el trabajo y la obra, como en el caso de los conciertos o incluso de los profesores, en el peor de los casos esa mayoría silenciada tiene un trabajo de sol a sol mal pagado o hace cola en el INEM.
Con estos datos, muy fáciles de encontrar en Internet y muy difíciles de ver en los medios de comunicación habituales, no hay que ser sociólogo ni estadista para darse cuenta de a quién está Wert tratando de proteger con su discurso y los nuevos reglamentos que dice estar dispuesto a implantar.
Nota: Al poco de escribir esta entrada se daba a conocer la aprobación del reglamento de la Ley Sinde. Sin dialogo, sin debate, por la espalda.
Como fotógrafo aficionado, a mí también me gustaría haber conseguido hacerle un retrato a un famoso y vivir el resto de mi vida de vender camisetas, pero a lo máximo que aspiro es a darme de alta como autónomo y luchar, arriesgando mis ahorros, en un mundo de una feroz competencia, aspiro a intentarlo; así que aquí estoy, trabajando para vivir y publicando mis obras en Internet bajo licencia Creative Commons.
Los creadores han de cobrar por su trabajo, pero debemos potenciar las alternativas que se abren ante nosotros gracias a la existencia de Internet; favorecer las opciones que en lugar de restringir el acceso a la cultura permiten acceder a ella con mayor facilidad, ofrecer una mayor variedad y acercar a los artistas a sus seguidores mientras obtienen beneficios a través de la venta online, de los conciertos o del merchandising.
Lo que ocurre es que estas alternativas que beneficiarían tanto a la sociedad como al 90% de artistas que no aparecen por televisión, también irían contra el negocio de los más poderosos, los únicos por los que el nuevo ministro de cultura está dispuesto a luchar.
Otras falacias del nuevo ministro y repetidas hasta el aburrimiento por la industria bien explicadas por Ricardo Gallir: Conviene recordar algunos datos sobre la propiedad intelectual y la ley Sinde
Etiquetas:
actualidad,
opinión
sábado 10 de diciembre de 2011
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




